Emily Eternal… vaya desastre de historia, conciencia artificial mediante o no

Emily Eternal por M. G. Wheaton


Por @Wicho — 19 de Mayo de 2021

Emily Eternal por M. G. Wheaton. Hodder & Stoughton 2019. 305 páginas. En lugar de esperar unos 4.500 0 5.000 millones de años a agotar su hidrógeno y comenzar a expandirse y churruscar la Tierra en el proceso al Sol se le termina el combustible a principios del siglo XXI –ahora, vaya–. Así que a nuestro planeta y a nuestra especie apenas le quedan tres o cuatro meses.

Tras darle la vuelta a un cierto número de alternativas parece que el plan más plausible para intentar salvar de algún modo a la humanidad es escanear la composición de todos y cada uno de los seres humanos y mandar esos al espacio en una especie de arca digital con la esperanza de que en algún momento del futuro algo o alguien pueda traerlos de vuelta. Es un escaneo tan completo que incluye sus memorias y sentimientos, algo así como un mapa completo de todas sus conexiones cerebrales; aquello que hace cada persona ser quien es. Es un plan liderado por los Estados Unidos y coordinado a través de las Naciones Unidas.

El proceso ha sido diseñado por personas que trabajan para el gobierno de los Estados Unidos. Pero para implementarlo a nivel mundial necesitan a Emily, la Emily del título. Emily se define a si misma como una conciencia artificial, no una inteligencia artificial. Lleva varios años en desarrollo y parte de su formación viene de interactuar todo lo posible con seres humanos y de la forma más realista posible. Hasta el punto de que Emily duerme, desayuna, se ducha… y hasta tuvo un pequeño tumor en una pierna que fue operado dejando la correspondiente cicatriz. Esta interacción es posible gracias a un chip que puesto en contacto con cualquier parte de la piel de una persona permite a Emily establecer un interfaz con su sistema nervioso que hace que esa persona vea, escuche, huela, y hasta pueda tocar a Emily. De alguna forma ese chip es capaz de almacenar copias de Emily aún cuando en realidad corre sobre montones de servidores que ocupan centenares de metros cuadrados.

Primera alarma a la que debería haber hecho caso para plantar el libro.

Emily al principio se niega porque le parece una intromisión imperdonable en el libre albedrío de las personas que tendría que escanear aún cuando el proceso es indoloro. Pero la convencen y se pone con entusiasmo a la tarea. Para ello no sólo añaden servidores a su infraestructura sino que ella misma se encarga de ir modificando dispositivos electrónicos de todo tipo por todo el mundo para que emitan pequeños campos magnéticos e ir escaneando al personal como si les hiciera una especie de resonancias.

Sí, Emily por lo visto es capaz de, de alguna manera, modificar hardware en remoto para que haga cosas que no debería poder hacer. «Oye, Emily, te dejo un diodo y un par de resistencias en la mesa. Cuando tengas un rato, ¿me haces un iPhone 42 ExtraPlusQueLoFlipas? Morado, por favor.»

Segunda alarma. Más estridente aún que la anterior.

Y con esa increíble capacidad dice cosas como «incluso utilicé un dispositivo Bluetooth de una cafetera para escanear a las 18 personas que había en una habitación». Lo malo es que los datos de cada persona ocupan 1.000 terabytes. Así que 18.000 terabytes por Bluetooth en apenas unos segundos

¡Auuuugaaa! ¡Auuuugaaa! ¡Auuuugaaa!

Como lector de ciencia ficción estoy dispuesto a suspender la incredulidad y puedo aceptar que exista algo como Emily. Incluso, dado el contexto necesario, puedo creer en viajes más rápidos que la luz, viajes en el tiempo o en metales extraños encontrados en otro planeta que permiten transplantar a una persona de un cuerpo a otro.

Pero necesito que el contexto general sea creíble. Y como dice una de las reseñas en Amazon del libro –ya me gustaría haberla visto antes— esta historia se pasa por el forro la biología, la química y la física a un nivel que en el instituto ya te explicaron que no puede ser. Eso de modificar dispositivos «en remoto» suena mucho más a magia que a cualquier otra cosa; lo de hacer pasar 18.000 terabytes por Bluetooth en un plisplás es que ya ni eso.

Hay un montón de cosas más que me chirriaron y que hicieron saltar más alarmas, pero creo que ya sería prolijo relatarlas. Además todas esas «fantasías» se vieron mezcladas con una trama romántica tipo película estadounidense protagonizada por Jennifer Anniston y otra tipo «jasonbourniana» que no me aportaron nada; yo quería más acerca de la relación de Emily –una conciencia artificial– con los seres humanos que salen en la historia, y hay demasiado poco de eso.

Eso sí, no puedo dejar de mencionar la parte de la historia en la que hace falta hacer un montón de lanzamientos espaciales y en la que al autor no se le ocurre mejor cosa que llevar cohetes europeos, chinos, indios, japoneses o rusos al Centro Espacial Kennedy en vez de llevar lo que hay que lanzar a dónde están los cohetes. Y es que aparte de lo nada práctico de la idea, los equipos de tierra en el Centro Kennedy no son compatibles con todos esos cohete. A esas alturas es como para que te explote la cabeza de lo fuerte que suenan las alarmas.

En fin, que por si no se ha notado el libro no me ha gustado nada a pesar de que lo empecé creyéndome eso que leí en Amazon de que era «una obra visionaria de ciencia ficción». Parezco nuevo. Menos mal que me costó menos de cuatro euros. Y que no es muy largo. Que me lo acabé por cabezonería ya presa de esa extraña fascinación que te atrapa cuando ves venir un accidente y no puedes dejar de mirar.

Y es que el final… buf el final.

P.D. Iba a titular esta reseña «Emily Eternal… vaya truñaco de historia, conciencia artificial o no» aunque al final me he cortado porque no sé si todas las personas que nos leen iban a entender truñaco. Pero para quienes lo entendáis, ese es el nivel.

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