La vida antes de los NFT: así se compra y vende arte digital sin mediar criptomoneda | Transformación Digital | Tecnología

La vida antes de los NFT: así se compra y vende arte digital sin mediar criptomoneda | Transformación Digital | Tecnología


Una persona hace una foto de una de las obras que forman parte de la exposición de arte digital en la Galería Superchief NFT en Nueva York, Estados Unidos. EFE/ Jason SzenesJASON SZENES / EFE

La tercera obra de arte más cara vendida por un artista vivo es un archivo JPEG intangible, dada su naturaleza digital, e inmutable, porque se ha acuñado como un token no fungible (NFT, por sus siglas en inglés). Haber pasado por este último proceso convierte la imagen subastada por Christie’s el pasado 11 de marzo en una pieza única cuya autenticidad está validada en la base de datos descentralizada Ethereum y cuya adquisición exige un pago en ether, la criptodivisa nativa de esta plataforma descentralizada.

En pocas palabras, la obra del artista Beeple Everydays: The First 5000 Days, vendida por 57 millones de euros, lleva digitalmente asociado un número de serie que la convierte en insustituible. Además, tanto la autoría de la obra como sus cambios de propiedad quedan permanentemente registrados en esa base de datos. “En cierto sentido, la obra y la propiedad intelectual pasan a ser lo mismo con los NFT”, explica Francisco Gordillo, experto en el mundo de las criptomonedas y en redes descentralizadas, que se muestra convencido de que la venta de productos digitales originales a través de tecnología Blockchain es el principio de “la gran solución” al comercio con activos intangibles como el arte digital.

Sin embargo, la compraventa de arte digital no ha nacido con los NFT. Los creadores que trabajan con nuevos medios llevan décadas vendiendo obras inmateriales en forma de archivos digitales y certificando la autenticidad de sus piezas con documentos anexos. “No soy ni remotamente criptopurista. Estaba haciendo arte digital mucho antes de toda esta mierda y si toda esta jodida cosa de los NFT desapareciera mañana, seguiría haciendo arte digital”, sentenció Mike Winkelmann, alias Beeple, en una entrevista con The Newyorker. A los pocos días de su histórica venta, el autor cambió sus criptomonedas por dólares, escamado por lo mucho que variaba el cambio de la criptodivisa. Carolina Sánchiz, doctoranda del Programa de Doctorado en Humanidades y Sociedad Digital de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), quita importancia al gesto: “Una cosa es el inversor en criptomonedas y otra la persona que utiliza una plataforma de criptoarte para vender. Al fin y al cabo, necesitas vivir, y a día de hoy las criptomonedas sirven para comprar y vender muy pocas cosas”.

La obra de Beeple es un ejemplo más en el goteo de grandes sumas que se han ido invirtiendo en diferentes tipos de NFT durante las últimas semanas. “El mercado sirve de reflexión sobre el mundo en el que vivimos. Si te das cuenta, tampoco se está hablando en profundidad sobre el tipo de obras o propuestas artísticas”, razona Luis Rivero, doctor en Historia del arte e investigador de la Universidad de León. Jack Dorsey, el fundador de Twitter, vendió su primer tuit. El New York Times hizo lo propio con un artículo. La siempre oportuna robot humanoide Sophia, fabricada por la compañía Hanson Robotics, subastó su autorretrato. Entre tanto, los artistas que siempre se han ganado la vida con lo digital asisten al circo con una mezcla de curiosidad y recelo.

Estrategias de supervivencia

Jeremy Bailey lleva 20 años creando arte con nuevos medios. Su andadura comenzó publicando vídeos en Internet. “No buscaba hacer dinero”, recuerda. Al principio se dejaba los ahorros en costear el alojamiento de sus obras. Cuando llegó Youtube, vio los cielos abiertos: por fin tenía un lugar donde colgar sus vídeos gratuitamente. Mientras los gigantes de Internet se hacían mayores, Bailey jamás ha recibido más de un dólar en pagos por publicidad. “Esas compañías han hecho miles de millones de dólares y yo no he conseguido nada”, resume. En este contexto, comprende y casi comparte el entusiasmo que están generando los NFT. “Los NFT existen debido a un problema creado por internet: la abundancia. Todo el mundo comparte. Tenemos sobreabundancia de información. ¿Cómo se construye una economía sobre eso?”, razona. “La mayoría de mis ingresos han venido de representaciones en vivo o de encargos para exhibiciones”, explica.

En este sentido, Rivero encuentra en el momento actual un intento de acercar el arte digital al marco de propuestas más tradicionales con las que es más fácil comerciar. “Se podría decir que el arte digital o el arte en internet en su momento fue algo colectivo por definición. Abierto, radical, antimercado, inestable, difícil de conservar… A nadie le interesa tener esto”, explica. Acuñar la obra como NFT le da a lo repetible el valor irrepetible de un libro firmado por su autor. “No lo veo como algo tan radical o vanguardista, sino como la adaptación de nuevos términos económicos que están tanteándose al mercado del arte”.

En este contexto, los NFT y el valor añadido que otorgan a las obras al hacerlas inequívocamente únicas y auténticas, se presenta para Bailey como una posible solución. Además, según explica Gordillo algunos marketplaces —plataformas de venta de NFT— incorporan la posibilidad de que los artistas sigan percibiendo pagos en concepto de royalties por las posteriores ventas de sus obras. “Para la mayoría de los artistas, el valor no tiene importancia. El problema es que lo necesitan para sobrevivir. Pero no es necesario que te paguen para crear arte”, razona Bailey.

Uno de sus últimos proyectos es YOUar, una plataforma donde diferentes artistas pueden vender esculturas en realidad aumentada. Cada compra lleva aparejada la descarga de los archivos para ver las piezas en Android o iOS, el acceso al visor web y un certificado de autenticidad en PDF donde figura la firma del artista y la identidad del comprador, junto con la fecha y la hora de la transacción. “Cuando hablo con la gente que ha comprado estas obras, me explican que solo quieren apoyar el proyecto”, comenta. Aunque no le parece descabellado probar a vender sus obras como NFT, no cree que este formato sea válido para cualquier pieza, especialmente cuando estas van más allá del mero archivo de foto, vídeo o sonido. “No se adapta a todo. Me resulta un poco raro como artista intentar encajar una performance —interpretación— en un NFT”.

Tanto para artistas experimentados como para recién llegados, aterrizar en este mercado exige cierta adaptación, explica Sánchiz: “Tienes que tener formación sobre blockchain, necesitas un wallet —monedero donde almacenar estos tokens—, tienes que comprar criptomoneda, todo está en inglés…”. Además, los habitantes de este ecosistema no son exactamente los artistas y coleccionistas de siempre. “La mayoría es gente que trabaja o tiene relación con las criptomonedas. Son personas que en muchos casos no tienen una formación académica en bellas artes, sino que vienen del mundo de la tecnología”, precisa.

Artistas de su tiempo

Wolf Lieser, fundador del Digital Art Museum (DAM) de Berlín, ha acompañado las ventas de arte basado en software que ha hecho durante los últimos veinte años con un certificado, la documentación necesaria para reproducir la obra de acuerdo con los diseños de su autor y su código fuente. El experto también está siguiendo la nueva moda con interés, pero a cierta distancia. “Me han abordado varias nuevas empresas que quieren subirse al carro de los NFT y hacer dinero rápido. A largo plazo haré algo, pero no tengo prisa”, asegura.

Por petición de los coleccionistas a los que asesora, Wolf ha estado husmeando en algunas de las plataformas que venden este tipo de obras, y lo que ha encontrado no le convence. “Estoy convencido de que dentro de 20 años nadie recordará a Beeple. La obra no es para nada convincente. He mirado muchas webs que ofrecen NFT. Por supuesto, hay algo de arte ahí, y algunos artistas serios implicados en el tema, pero la mayoría son… malas noticias”, sentencia. El experto compara esta moda y los grandes nombres que están amasando grandes sumas gracias a ella con la buena fortuna de los artistas clásicos que supieron adaptarse a los gustos de su tiempo. “Siempre hubo artistas que fueron sobrevalorados y considerados estrellas. Pero con el tiempo no tuvieron ningún efecto en la cultura y en la sociedad”, subraya.

La aproximación de Paul Slocum, propietario de la galería And/Or, a la venta de arte digital es la más cercana al modelo en que se basan los NFT. “Nuestras ediciones vienen con los archivos digitales, un certificado y, en ocasiones, una caja de archivo hecha a mano”, explica. Con cada nueva venta, la información de la obra se inserta en una base de datos propia. Este modelo, que And/Or ha estado utilizando durante los últimos 15 años ha servido para vender obras contenidas en páginas web, JPEG, vídeos de Youtube, archivos de PDF, gifs e incluso videojuegos. Con todo, Slocum no cierra la puerta a la futura incorporación de los NFT a algunas de sus ventas. “Lo vemos como una herramienta de marketing para apoyar a nuestros artistas”. Sánchiz coincide en que el atractivo actual de este mercado puede permitir a una nueva generación de artistas digitales y diseñadores gráficos colarse en los escaparates y abrirse puertas en una industria floreciente. “Si tú tienes tu porftolio dentro del mundo del criptoarte y expones ahí tu obra es más fácil que te contraten que si estás totalmente fuera”.

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